Astrágalo Izquierdo

por Pedro G. Romero

Se relamía,
repasaba con
su lengua los cielos
e infiernos de la boca,
perfilaba la comisura de
sus labios, solo de pensar,
en su locura, que acababa
de comulgar en la iglesia,
de la mano salada del cu-
ra, una jugosa
ostra.

Dad pie, ese podía haber sido el argumento, entre distante e irónico, con que Silverio Lanza resumiría sus cuentos más piadosos. La caridad, La fe, El celibato, cuentos todos en los que una cosa da pie a otra, cuentos en los que alguien, por intentar atender a alguna de estas virtudes acaba siendo llevado a una práctica contraria. Una cosa da pie a la otra, una manera de entender el discurso, una manera de entender, literalmente, la danza y, ¡líbrenos el señor de los juegos de palabras!.

Mi conocimiento de La Piedad pasa por entrever la representación entre conversaciones, fluyen palabras, brotan frases de entre los labios y yo, en la boca abierta no observo, ni la lengua móvil, ni los quietos dientes, sino el temblor de tres figuras dispuestas para el baile, ejecutoras de pasos, actores en danza. Actores en danza porque en los tres escucho al pintor Egon Schiele, a la sirena que imaginó Yourcernar y al Doctor Fausto descrito por Thomas Mann. Ejecutoras de pasos porque existe algo tortuoso en sus movimientos, una contención casi religiosa al atreverse a dar un paso, una gravedad extrema de quién pretende representar la piedad como la ligazón que separa el deber y el deseo. Y es en esa brecha, en la misma cópula de la minúscula y griega grafía simbólica la y minúscula; observémosla, la y de la madre que sostiene el cadáver derramado de su hijo, pero también los dedos abiertos de las abandonadas figuras de Schiele, la cola invertida de la sirena, el pínfano mágico y bífido de los músicos zahoríes de Thomas Mann-, en esa misma brecha, repito, donde se precipita la danza.

Y, en fín, figuras dispuestas para el baile cuando empecé a escuchar stecht tiefer die Spaten ihr einen ihr andern spielt weiter zum tanz auh en la misma voz de Paul Celan, y veía a los bailarines bailar cavad unos más hondo con las palas y los otros tocad para la danza. Y voy a contarles la historia de ese poema Todesfuge/Fuga de muerte que Paul Celan escribió primero en rumano como Tango de muerte, y que, seguramente por infinita piedad, decidió verter al alemán Er ruft spielt süer den Tod der Tod ist Meister aus Deutschland/ Grita sonad más dulcemente la muerte la muerte es un maestro venido de Alemania-, la misma lengua que había ordenado el exterminio de sus padres, la misma lengua que hacía sonar el prodigio de la música mientras el joven Celan presenciaba ejecuciones, silba a sus judíos hace cavar una tumba en la tierra/ ordena tocad para la danza. Y, en fin, que la copula y, -la brecha, la tumba-, se escribe und en alemán, pero que todo el poema esta escrito en y sobre ese pliegue. Negra leche del alba la bebemos al atardecer/ la bebemos a mediodía y en la mañana y en la noche/ bebemos y bebemos/ cavamos una tumba en el aire no se yace estrechamente en él/ Un hombre habita en la casa juega con las serpientes escribe/ escribe al oscurecer a Alemania tus cabellos de oro Margarete/ lo escribe y sale de la casa y brillan las estrellas silba a sus mastines/ silba a sus judíos hace cavar una tumba en la tierra/ ordena tocad para la danza... y el verso continua y algo entreví y algo entreoí que me ha dado pie para hablarles a ustedes de este poema. Sí, algo que, sin estar sobre el escenario, me dio pie para hablarles de este poema.

Otro pie que se me ofrece, Piedegibao, una danza española, como la chacona o la zarabanda, que la definición enciclopédica quiere como baile elegante y noble -pero de la que finalmente reconoce que de su procedencia nada se sabe, y de la música que le acompañaba nada se conserva-, y que a mi se me antoja de unos pasos quebradizos, torcidos, casi paródico en los andares del cojo, contradanza del bailarín que mantiene en un solo pie su equilibrio y que finalmente, cae, se desploma, se precipita en la zanja, en la brecha, en la tumba. Y en el último momento, le sujetan, le agarran, -como al Cristo de la Piedad florentina de Miguel Ángel, sujeto entre los pliegues de una sábana, ¿no han observado que en las muchas representaciones de la piedad, a la madre y al hijo los separa y los une, un fino lienzo, una sábana escasa?- le salvan de la precipitada caída final.

Efectivamente, el baile de la y griega, de la copula, de la conjunción, del pliegue y de la articulación. Y, -"Que esta articulación que, para Heráclito, pertenece todavía a la esfera táctil-visiva, se transfiera después a la esfera numérico-acústica, es algo que da testimonio de un vuelco del pensamiento occidental, en el cual sin embargo es todavía posible captar la solidaridad entre articulación metafísica y significar, en el paso del aspecto visivo del lenguaje al acústico"-, después de leer a Agamben, no es ese exactamente, literalmente, el lugar en el que se sitúa la danza, en el paso del aspecto visivo del lenguaje al acústico, en la intersección entre la esfera táctil-visiva y la esfera numérico-acústica, es decir, la articulación misma.

Y por supuesto que la piedad existía antes del cristianismo, pero la evolución de la t latina, -de pietas-, hasta nuestra d, esa doble d que desliza el sonido de piedad con cierta melancolía, entendió también de renuncias. Se quiso simplificar su significado, alejándolo de la brecha en la que se posaba, alejándolo del conflicto en que habitaba como también se cambio su símbolo, de la Cigüeña, que coronaba su templo en Roma, al Pelicano devorando su pecho con que se adornan algunas de nuestras iglesias-. El general Glabrión encontró a su mujer un día, dando el pecho a un viejo preso, condenado a morir de hambre, que desfallecía en prisión. Esa es la imagen de la piedad que hizo levantar un templo en el Olitorium al pueblo romano. Y hay ambivalencia en el general traicionado, en la mujer sorprendida en su secreto y en el preso hambriento que finalmente fue perdonado. Hay una leve sombra, de incomodo placer, que se desliza en la leche del amamantamiento Negra leche, decía Celan-, una perturbación que confunde el deseo y su renuncia. En definitiva un algo erótico, que sitúa lo humano en el centro mismo de lo piadoso. Como decíamos, el cristianismo intentó hacer suyo este adjetivo balanceándolo del lado del débito, fuese este religioso, patriótico o familiar. Restituir el significado mítico para una cierta idea de piedad no es tarea fácil -ni seré yo quien diga que esa devolución de significado se consigue en la coreografía de Octubre Danza-, pero ya es bastante con descubrir la brecha y situarse ahí, sobre ella.

No hay palabras para explicar ese desplazamientos de significados que hace al protagonista de nuestro epígrafe confundir la ostra con la hostia consagrada, por eso se danza.