Cultura digital y la comunicación participativa. A modo de prólogo a esta edición.

por Rubén Díaz | ZEMOS98

Los dos presupuestos son:

1. Cuando hablamos de cultura digital, la tecnología no es un elemento tan importante como pueda parecer a primera vista.

2. Además de ser una forma de organizarse y producir, la comunicación participativa es, antes que nada y por encima de todo lo demás, una actitud y un posicionamiento ético en relación a la función de internet en el desarrollo y distribución de la cultura.

Los dos presupuestos están claramente interrelacionados: el segundo punto es un buen argumento a favor del primero. Y a su vez, el primero permite comprender mejor al segundo.

Si proponemos partir de estas máximas es precisamente porque advertimos en muchos casos una falta de conciencia al respecto. Quizás porque lo digital parece que paradójica e inexorablemente está siempre ligado a su definición en contraposición de lo viejo con lo nuevo.

Si atendemos a la evolución de los medios de comunicación, haciendo un ejercicio intensísimo de síntesis histórica y siguiendo el excelente análisis que realiza Jesús Carrillo en "Arte en la Red" en torno a los nuevos medios y la cultura digital, pasamos del teléfono (uno a uno) al mass media tradicional (uno a muchos), que da lugar a los new media (muchos a muchos).

Se entiende que el nuevo modelo varía de los anteriores porque de sólo recibir la comunicación pasa a transformarse en mucho más: participación, producción, reproducción, difundisión de contenidos, etc. Es una nueva manera de relacionarse con el mundo a partir de un proceso de digitalización general de la producción cultural contemporánea. Y según Lev Manovich, este nuevo panorama surge de la fusión de dos tradiciones que habían coexistido durante los siglos XIX y XX: la fotografía y la computación.

Carrillo propone el ejemplo de Manovich con el daguerrotipo, construido por Louis Daguerre en 1839, un invento precursor de la fotografía moderna. Supuso, sobre todo, una revolución en el mundo de la información, ya que permitió cubrir el seguimiento de la Guerra de Crimea y de la Guerra de Secesión estadounidense. Por otro lado, y también en el siglo XIX, el matemático e inventor británico Charles Babbage elaboró los principios de la computadora digital moderna. Inventó una serie de máquinas, como la maÌ quina diferencial, diseñadas para solucionar problemas matemáticos complejos. La maÌ quina ya incluía una memoria para guardar los datos, un procesador para las operaciones matemáticas y una impresora para hacer permanente el registro.

La fusión de lo viejo con lo nuevo se produce cuando, como plantearía Negroponte, pasamos de átomos a bits. Argumentaba entonces que la mayor parte de la información que recibimos nos llega en forma de átomo (periódicos, revistas, libros), lo que espontáneamente nos hace evaluar y medir el transporte de esa información en átomos. La llegada del bit, que «no tiene color, tamaño ni peso y viaja a la velocidad de la luz y es el elemento más pequeño en el ADN de la información», iba a ser el culpable de que esa forma de entender el mundo cambiara. Los "nuevos medios" ya estaban aquí.

La cuestión está en que, aunque en muchos casos sigan teniendo una apariencia similar, cuando se produce el fenoÌ meno de la digitalización, los datos son pasados a un ordenador multimedia donde pueden ser almacenados, clasificados, alterados, copiados o puestos en circulación a través de internet con suma facilidad.

El mero hecho de hablar de "medios", aunque sean "nuevos", es aludir al concepto de "medio de comunicación" (tradicional) que tiene relación con unos modos de producción y difusión determinados: editoriales, cadenas de radio y televisión, industrias cinematográficas y discográfica, etc.

Se alude por "herencia histórica" a una manera de ser espectador, un patrón de comportamiento, unos términos legales, un modelo de industria económica. Lo que quiero decir es que los nuevos medios son mucho más dependientes de los viejos de lo que se podría pensar. Lo nuevo, más que como elemento transgresor, se queda muchas veces en reclamo publicitario: la interactividad del SMS o la posibilidad de bajarse música de la red previo pago. Son extensiones de los patrones dominantes maÌ s que una redefinición de los mismos.

Sin embargo, y a pesar de la herencia que "sufre" la cultura digital, la fragmentación de los contenidos que permite la hipertextualidad, multitextualidad, el concepto de multitud en red, la posibilidad de compartir y copiar contenidos, la participación de diferentes sujetos en una misma producción, las intersecciones entre arte, ciencia y tecnología, o los modos de accesibilidad y telepresencia que permite internet, no puede dejar de ser tomada en cuenta. La remezcla, que permite utilizar la tecnologóa para recrear nuevos materiales y discursos, tiene la capacidad de transformar la concepción del mundo.

Quizás en estos momentos se está definiendo una nueva cultura, una cultura del remix, en el que los creadores (que podemos ser todos y cada uno de nosotros, sin complejos) producen conocimiento (re)utilizando retazos de otras creaciones, deshaciéndolas y adaptándolas en función de sus intereses. Una cultura en definición hacia un modelo de creación colectiva.

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