El Yo conmigo, en una isla

por Felipe G. Gil | ZEMOS98

Cuando terminé de escribir la memoria comercial de Videoenrecreant, ese supuesto proyecto de creación colectiva en el que me adentré, no tuve más remedio que huir. Huía de tantas mentiras escritas. Me prometí a mi mismo que no haría esto, que no me lamentaría a posteriori, que no realizaría una reflexión sesuda, que no buscaría excusas para justificar una moral a medida, que no me volvería a enfrentar a un folio en blanco, que no engañaría para satisfacer mi ego, que no pondría el resultado por delante del proceso...mentiras.

Suerte que aquí no dispongo de internet, ni de libros de donde extraer adornos para este texto con bonitas notas a pie de páginas. Lo único que paradójicamente he encontrado aquí es...un papel y un bolígrafo. ¿Y de qué me sirve? ¿Qué clase de loco se pondría a reflexionar sobre su existencia presente y sus recuerdos teniendo entre otras cosas que...sobrevivir? Porque la vida en una isla, puede llegar a ser muy tediosa...o muy apasionante.

Estando solo puedo llegar a reírme de cosas que suceden a mi alrededor. Cuando se cae un árbol, recuerdo aquella famosa pregunta retórica de «Si se cae un árbol en el bosque y no hay nadie escuchando...¿suena al caer?». Y a mi qué me importa, pienso yo. Si estoy solo, ¿de qué me sirve escucharlo? Claro que otras veces agradezco saber que no va a venir nadie a mis alrededores. Puedo caminar desnudo por dónde quiera, puedo gritar, puedo tirar piedras...¡esto es libertad!

Se supone que el presente se ha convertido en algo relativo. Más que nada porque no tengo deberes. Mi único deber es una simple responsabilidad, imperativa por otra parte, que supone buscar comida y cobijo. En muchas ocasiones he pensado en construir una cabaña. Madera hay suficiente como para hacerlo, pero entre
que siempre me gustó vivir de alquiler (¡es emocionante no saber qué te deparará el futuro!) y que probablemente, y tras hacer los cálculos, tardaría más de un año en hacerla: no quiero hacerla.
No quiero hipotecar todo ese tiempo de mi vida en una isla en la que por otra parte no sé cuanto tiempo estaré. Supongo que no sería lo mismo si aquí hubiera más gente. Pero os imagináis lo que sería eso...¡organización! Qué va…pensándolo mejor, me ahorro todas esas discusiones que supondrían debatir qué material escogemos para el techo, o si es mejor hacer la casa a la orilla del mar o en el interior de la isla. Mejor sigo como estoy.

Aunque no llevo demasiado tiempo aquí, sí que llevo el suficiente como para haberme dado cuenta de ciertas cosas. En líneas generales no echo de menos mi vida anterior. Antes estaba todo el día obsesionado pensando en que tenía que contar historias. Podía llegar a ser enfermiza mi capacidad para imaginar, recontar y trasladar relatos de un lugar a otro. Era un magnifico narrador. Aquí no tengo esa necesidad. No quiero transmitir nada. Solo quiero que pase el tiempo. Y me alegro. No me hace falta la sindicación de contenidos, leer 43 blogs diferentes, estar en 23 listas de correo, buscarme un portátil nuevo porque el mío está estropeado, llamar una vez al mes a mi casero, comprar fruta 3 veces en semana...bueno, eso no me vendría mal aquí. A diferencia de que aquí no tengo que negociar con mi antiguo frutero, Nicolás. Ahora me basta con caminar, ser paciente y llegar antes que los pocos animalillos que me acompañan a las frutas que hay desperdigadas por la playa.

Por otro lado me he dado cuenta de algo esencial. Y aunque parezca una estupidez, pero...¡soy un ser finito! Si, es que antes, aparte de la pamplina de la era global e interconectada, yo sentía que entre mis 150 euros en gasto de móvil al mes y 30 emails que enviaba al día...¡era infinito! No había nada que pudiera detenerme, un abrelatas de la comunicación, el novio de una Monalisa acelerada, todo un interconectador biogeopolítico al servicio del cambio social y de la revolución contramediática, asistémica y soyneoenmatrix.

Después de verme a mi mismo inmerso en realidad en la re-edición de una extraña ficción, de tener barba de 2 meses y de recordar que si Tom Hanks pudo hacer fuego cuando fue un náufrago, a mi no me sería difícil, es triste terminar comprobando no sólo que no hubiera sido capaz (¿incluso con un mechero?), sino que iba a acabar sin la paciencia necesaria como para darle una patada a la arena y atinar segundos más tarde (mientras mi cuerpo caía a plomo al suelo) que había topado con una piedra escondida y que mi pie se acababa de convertir en prueba y testigo de mi absurda y solitaria existencia. O lo que es lo mismo: sí, ya no
soy infinito.

Me hubiera venido bien un electricista, la pena es que no habría tenido los 90 euros para pagarle la factura en mano. Mi pie se recuperó rápido, pero las dolencias que quedaron impresas en mi cabeza fueron de otro tipo. No paraba de pensar que quizás me estaba equivocando. Qué bien me habría venido un médico, o un fisioterapeuta, o mi colega el enfermero. O mejor, el que era mi supermercado particular para adictos a la automedicación: la farmacia. Porque, en realidad...comenzaba a notar la falta de algo...

Al principio no sabía bien qué era. ¿Sería la creación? Cuando me fui, la última tendencia era teorizar acerca de las posibilidades que ofrecían las nuevas (¿viejas?) tecnologías para hacer creación en red, para compartir conocimientos, para liberar la cultura...etc.

Hace poco, y para no desquiciarme, creé lo que llamé: «el día de la conferencia». Reunía a los 2 únicos animales con los que tenía relaciones de proximidad, una iguana y una tortuga, los sentaba frente a mi, y por el bien de no perder la memoria, y quizás la cordura, les hacía una exposición monográfica sobre un tema en
concreto: el día de mayor éxito fue el día que les hablé de creative commons. La iguana parecía entusiasmada hasta que aparecieron un par de moscas a su alrededor -llegué a creer que su interés residía en querer liberar algunos derechos de distribución sobre la metamorfosis de su piel (claro que tendría problemas con el sindicato de iguanas, que fijo que tenía alguna regla parecida a El cambio de color de las Iguanas pertenece Única y Exclusivamente a la Especie de las Iguanas)-. Y la tortuga...¡esta vez tardó más de 1 minuto en marcharse! No sé, en el final de mi intervención, en la que ya sólo quedaban las moscas -creo-, dispuse una teoría apocalíptica que decía que si un ser humano no vive lo suficiente como para experimentar un cambio social, quizás las empresas simplemente nos estaban entreteniendo, y las tecnologías de la comunicación no eran más que excusas para tenernos embelesados ante tanto supuesto cambio y tanta supuesta creación...

No, no era la creación lo que echaba en falta. Supongo que cuando uno pasa demasiado tiempo solo...se va olvidando de todo. Porque esencialmente la vida que yo tenía en sociedad era bastante activa como para que mi Yo se construyese a través del de Otros. Recuerdo haber leído antes de huir que existía una corriente llamada Dialoguismo que decía que el hecho fundamental de la existencia del hombre con el hombre. ¡Esa era la mía! Llegué a pensar incluso en diseñar una camiseta con la frase (¡qué posmoderno!). Y ahora, después de llevar la misma ropa durante aproximadamente 9 meses...me cago en Descartes. ¿Pienso luego existo? No amigo, yo aquí no existo.

Yo no existo porque básicamente no puedo existir para mi mismo. ¿Acaso no es lo que hacen los hombres, incluso los que viven en sociedad? ¿Pensar en sí mismos? Demasiado reduccionista, me diría alguno de los pocos amigos que aún recuerdo. No es argumento suficiente como para que no tome la determinación que ya tenía pensada. Cuando uno no sabe qué echa en falta, cuando uno no le encuentra sentido al sentido de su existencia, cuando no se acuerda de qué es compartir algo...lo mejor es desaparecer. Sin eufemismos: tirarme del peñasco más alto de esta isla infame. Lástima de la iguana y la tortuga.

Mientras subía por la montaña, me narraba a mi mismo mi último videoclip. Me veía muriendo antes de tiempo, mi caída sería a cámara lenta, recordaría al fin si huí por culpa de Videoenrecreant, o simplemente se trata de que incluso al llegar a la isla ya estaba muerto, tendría una imagen optimizada (a 720x576 píxeles) de todos los que fueron mis amigos, recordaría cada uno de los momentos que viví con ellos, esta vez no se me escaparía ninguno pues no sería justo dejar aquí a nadie fuera, sabría al fin lo que se siente en un salto al vacío, descubriría por qué nunca llegué a enamorarme y era un ser tan promiscuo, me daría cuenta de la estupidez que supone estar pensando cuáles son las diferencias entre creación colectiva y creación individual, si las producciones amateurs son o no más arriesgadas o simplemente menos profesionales, si la adaptación es el gran problema del proceso de guionizaje, si mi trabajo tenía sentido y me dignificaba, si debía seguir viviendo en Sevilla o por el contrario debía marcharme a Barcelona, si alguna vez pude llegar a jugar a tenis en tierra batida, si mi abuela hubiera estado orgullosa de mi...iba a saberlo todo. El infinito y el finito. The End, Good Bye, Au Revoire...

Un momento, oigo algo... ¡¡¡quizás sea un barco!!!...

No, era otro árbol cayendo.

Quizás no deba tirarme.

No creo en el destino, pero sí en el azar. Si ese árbol se ha caído y yo lo oigo...quizás el hecho en sí mismo de haberlo oído no tenga más trascendencia. Pero si le cuento a alguien que en el momento en que había olvidado quién era, en que simplemente enumeraba lo que había sido y me disponía a dejar de ser, escuché un árbol que ya había oído caer alguna otra vez y me hizo pensar...¿tendrá sentido?

Creo que sí.